Toda cabe la vida en una hora
en instantes especiales y contados,
sobre libres presos de sueños alados,
bajo los montes que el verbo atesora.
Todo día en la memoria traidora
traza sus curvas entre temas tratados,
toca notas en pianos descordados
y muere en tanto que no se le valora.
¡Oh, dulce baño en las gélidas luces
que decoran mi sólido monumento!
¡Qué lástima tener que hacer mis cruces
tapando nombres entre llanto y lamento,
si veía que, contra el tiempo de bruces,
la vida toda cabía en un momento!
viernes, 25 de octubre de 2019
martes, 22 de octubre de 2019
Gritos en la lluvia
Era ya otoño y por las tardes iba oliendo a lumbre de madera y a humedad. La gente apuraba sus paseos ante la pronta llegada de las crueles heladas. Los ocres, los naranjas y los pardos le iban comiendo terreno a los verdes, hasta sitiarlos en la frondosidad perpetua de los pinares.
A la noche en la calle el agua seguía cayendo desordenada y corría por entre los adoquines. Hacía mucho frío. Como cada día, había bajado las persianas de toda la casa, dejando la de mi habitación aún subida. Estaba solo. Me senté en el sillón y cogí un libro. Hundí la vista entre las palabras, que poco a poco se iban haciendo extrañas, se repetían una y otra vez, se volvían incomprensibles. El susurro de la lluvia y el calor confortable me mecían, llevándome a un sueño ligero pero contundente.
Desperté al poco, con el libro abierto a mis pies y el cuello rígido y dolorido. Me había parecido oír una voz fuera, en la calle. Era una locura, ¿quién iba a estar a esas horas y con ese tiempo andando por ahí? Pero lo volví a oír, esta vez más nítidamente: era la voz de un niño.
Me levanté atolondrado y miré por la ventana. Me costó un momento, pero al fin di con él. Al otro lado de la calle, frente al callejón oscuro. Era Jesusín, un chiquillo revoltoso y medio ido que vivía unas casas más abajo. Estaba en manga corta, en cuclillas y con una mano extendida hacia delante.
-Ven, vamos... -decía cada poco, cada vez más alto.
Supuse que se le habría escapado uno de sus gatos y, haciendo uso de su falta de juicio, había echado a correr detrás de él sin darse cuenta del frío y la lluvia. Abrí la ventana.
-¿Pero qué haces ahí? Vete a casa, que te estás empapando - le voceé al chico.
Se giró, miró hacia mí riéndose y echó a correr locuelo hacia su casa. Iba a cerrar la ventana, pero me quedé mirando la oscuridad del callejón. Parecía que se movía algo, pero desde luego no tenía el tamaño de un gato. Pensé que podría ser uno de esos perros que andan por ahí.
Miré un rato más. ¿Era impresión mía o el agua que circulaba por allí era más oscura? Había algo extraño. De repente pasó un coche e iluminó fugazmente el callejón. Y lo vi.
Era un ser horrible. Parecía un cruce de perro y jabalí. Enorme, negro, con patas largas, huesudas y deformes terminadas en pezuñas. Una cabeza monstruosa y cruel se abría y cerraba, arrancando carne del suelo. Bajo el ser, un niño, totalmente destrozado. Se lo estaba comiendo.
Antes de caer desplomado me vi reflejado en su mirada, al otro lado de un abismo de sangre y oscuridad.
-Llevo como un año metido aquí. Poco después de esa noche decidieron que lo mejor para mí era estar ingresado -miré al hombre que estaba sentado en frente de mí-. He contado esta historia muchas veces y nunca me ha creído nadie. Nadie más vio lo que yo, ¿verdad?
-No, ciertamente -dijo el doctor-. Nadie más.
-Eso ya me lo han dicho. ¿No hubo rastro del animal?
-Desde luego que no -repuso serenamente-. No hubo rastro porque ese animal no existe.
-De todas formas no sé por qué estoy aquí -le espeté desesperado-. Si no hubo animal ni hubo cadáver no sé que problema hay. Vería mal, o lo soñaría o...
El doctor me miraba, en silencio. Dirigía la vista a sus papeles, luego a mí y luego se quedó como absorto.
-¿Qué? ¿Qué pasa? -le pregunté.
Respiró hondo y poco a poco, calmadamente, comenzó a hablar.
-Hasta ahora no hemos querido contarte la verdad de lo que pasó. Poco después de venir aquí lo intentamos y no te hizo ningún bien. Hay veces que enfrentarse a los hechos antes de tiempo es contraproducente. Pero los últimos meses has progresado mucho -ojeó unos papeles de mi dossier-. Tus últimos exámenes psicológicos demuestran que eres plenamente consciente de lo que sucede. Emocionalmente estás más estable y consideramos que has evolucionado lo suficiente para encarar la situación.
No sabía qué decir. Asentí tímidamente.
-Bien -prosiguió-, no hemos sido del todo sinceros contigo. En realidad sí lo vieron.
-¡Lo sabía! -grité triunfante- Sabía que no me lo había inventado, que ese bicho existió...
-No -me atajó el médico-. El animal no existió.
-Pero acaba de decir...
-Acabo de decir que lo vieron. Pero no al animal. Al niño. El cadáver del niño.
Hubo un silencio muy extraño en la pálida habitación en la que estábamos.
-Y si no existió el ser, entonces... ¿fue un perro, o un lobo? -aventuré confuso.
-No. No fue ningún animal -dijo mientras me evaluaba con la mirada-. Hace un momento me has preguntado que por qué estás aquí. No es lógico que simplemente por inventar una historia uno ingrese en un centro psiquiátrico. ¿No recuerdas lo que pasó en realidad?
Empecé a temblar, su mirada estaba acuchillándome. Negué con la cabeza.
-Fuiste tú. Tú mataste y destrozaste al niño. Te encontró una pareja que volvía a casa en coche. También los atacaste a ellos cuando...
Le veía mover la boca, pero ya no oía su voz. Cerré los ojos con fuerza. Notaba el sabor ferroso de la sangre y oía el sonido de la lluvia y el interminable grito agónico de un niño.
domingo, 20 de octubre de 2019
El ermitaño
Hace
ya unos años, no sé exactamente cuántos, vagaba por los bosques y los páramos
de Castilla un hombre que no tenía nada. Buscaba frutos que recolectar entre la
maleza y se las ingeniaba para dar caza a algún conejo o una perdiz. Sabía
dónde podía guarecerse por las noches o cómo construir pequeños intentos de
choza, siempre que no encontraba cuevas, ruinas o cabañas poco frecuentadas por
sus dueños. Era capaz de hacer fuego de forma prodigiosamente eficaz, y, aunque
no conozco sus procedimientos, sé que no se ayudaba de ningún objeto
medianamente moderno: ni cerillas ni mechero.
Puede
que ese hombre fuese más viejo que un gato al que los ratones temen aún sin
ver; pero lo cierto es que nadie sabe cuál era su edad, si bien su aspecto
trabajado a sol, frío y picardía parecía atestiguarlo como un Matusalén de
nuestro tiempo. La vida del hombre, desordenada y a merced del verdor de los
campos, se vio atropelladamente interrumpida cuando subiendo una ladera le cayó
un piano vertical en la cabeza.
Más
extraño que su muerte, que resulta una conclusión más que lógica tras situarse
bajo un piano que cae, me parece el hecho de que fuese encontrado por una
excursión escolar que pululaba por la zona. Al parecer el profesor a cargo del
grupo, en un arrebato presuntuoso de resultar superior a los niños, atacó violentamente
el Preludio en do sostenido menor de Rachmaninoff.
Tal
era el horror de la torpe interpretación del maestro que, aun sin causarles
ningún desasosiego, todos los niños echaron a correr despavoridos con
el pretexto de sentir miedo del hombre inmóvil de cráneo difuso bajo el
instrumento.
-Malditos mocosos… -masculló don Ignacio-.
¿Cómo serán capaces de no derrumbarse de un golpe de síndrome de Stendhal?
Aún
hoy, si se sabe dónde, se puede encontrar el piano en el campo, medio comido
por la hierba y cada vez más desafinado. Pero sigue funcional. De cuando en
cuando el eco me trae un Chopin chirriante, un Shostakóvich cojo o un Beethoven
disonante.
En esos momentos esbozo una sonrisa condescendiente y comprensiva
por el intérprete. No debe ser fácil que un piano suene bien con un ermitaño bajo sus maderas.
sábado, 14 de septiembre de 2019
Hora de descansar.
Dormir por la noche es lo que se nos supone; desde la sociedad y desde nuestros ciclos naturales. No era por tanto extraño que a la hora que era, ya pasada la medianoche, llegase a casa con la sana intención de descansar unas cuantas horas.
Con el acostumbrado giro de muñeca abrí la puerta y a tientas di la luz de la entrada. No sé si fue una percepción errónea, pero noté un olor ligeramente distinto en el ambiente. Supuse, sin devanarme demasiado los sesos, que algo en la cocina no estaba en el mejor estado posible. Cosas que pasan.
Cansado como estaba decidí posponer la búsqueda de sobras para la mañana siguiente, teniendo en cuenta mis nulas intenciones de volver a salir para tirar la basura.
Cansado como estaba decidí posponer la búsqueda de sobras para la mañana siguiente, teniendo en cuenta mis nulas intenciones de volver a salir para tirar la basura.
Pasé por el baño efectuando el ritual de aseo acostumbrado y bebí un vaso de agua al salir. Entré a mi habitación. Las sábanas colgaban como un paracaídas desplegado por los bordes de la cama; sinceramente, nunca he sido muy partidario de hacer la cama a diario. Me puse el pijama con parsimonia, airee un poco las telas y me tapé con ellas.
Ya recostado, apagué la luz. Y me dormí.
Me desperté unas dos horas después, con la boca muy seca. Estaba aún oscuro. Miré a mi alrededor, justo antes de levantarme atolondradamente. Encendí la tenue y cálida luz de la mesilla y salí de la habitación. Estaba por llegar a la cocina cuando oí un crujido. Parecía como si la puerta de la entrada se estuviese abriendo.
Inquieto, cogí una escoba y avancé lentamente hacia el recibidor, con cautela. El ruido era cada vez más agudo y rechinante, al punto que pensé que quienquiera que estuviera abriendo debía tener la puerta ya de par en par. Temblando salvé los pocos metros del pasillo y giré a la entrada. Nada.
Di la luz del recibidor. La puerta estaba cerrada, tal como la dejé. No había nadie, y tampoco había ninguna pista de que por allí hubiese pasado nadie salvo yo. Abrí rápidamente y eché un vistazo a la calle. No vi ni un alma.
Inquieto, cogí una escoba y avancé lentamente hacia el recibidor, con cautela. El ruido era cada vez más agudo y rechinante, al punto que pensé que quienquiera que estuviera abriendo debía tener la puerta ya de par en par. Temblando salvé los pocos metros del pasillo y giré a la entrada. Nada.
Di la luz del recibidor. La puerta estaba cerrada, tal como la dejé. No había nadie, y tampoco había ninguna pista de que por allí hubiese pasado nadie salvo yo. Abrí rápidamente y eché un vistazo a la calle. No vi ni un alma.
Satisfecho y más calmado, volví a entrar y cerré la puerta. Sin duda había imaginado el ruido o lo había confundido con otra cosa; tal vez el sonido del viento o el indagar de un gato en la calle. Ciertamente tenía mucha sed, de modo que la apacigüé tranquilamente sentado en la cocina. Miré la hora. Era muy tarde, había que volver a dormir. Apagué la luz y dirigí mis pasos de nuevo hacia la habitación. Pero me detuve. Tras un zumbido muy característico algo se iluminó detrás de mí. La luz de la cocina estaba encendida.
Me giré, observando extrañado la luz blanca proyectándose hacia el pasillo. Pensé inicialmente que no había apretado bien el interruptor, pero algo había que no estaba bien. Olía ahora decididamente mal. Y comenzando a sentir un desasosiego profundo, aprecié en el pasillo una sombra que tapaba la luz blanca. Una figura humana.
Noté al instante como si el vaso de agua fresca que acababa de tomar se estuviese derramando por mi espalda. Una sensación de horror paralizante. De no sé dónde saqué valor para, asiendo con fuerza la escoba y parapetándome tras ella, gritar:
Noté al instante como si el vaso de agua fresca que acababa de tomar se estuviese derramando por mi espalda. Una sensación de horror paralizante. De no sé dónde saqué valor para, asiendo con fuerza la escoba y parapetándome tras ella, gritar:
-¿¡Quién eres!? ¿¡Qué haces en mi casa!?
La figura avanzó casi hasta el umbral de la cocina, pero aún veía solo su sombra proyectada. Oí una risa nerviosa y con un deje de maldad que me hizo sacudirme como si me electrocutase. Pero no cedí.
Volví a gritar.
Volví a gritar.
-¡V...vete de mi casa!
Por respuesta, tras un interminable silencio, una voz grave y sonora, pero a la vez débil, susurró:
-No puedo irme. Siempre estoy aquí. Vigilándote cuando no me ves. Mirándote cuando crees que no hay nadie. Te observo cuando duermes y cuando estás despierto. Nunca estás solo en casa.
De nuevo la risa nerviosa empezó a reverberar por la casa. Me dolía el cuerpo de la tensión. Estaba totalmente aterrado. De pronto la luz de la cocina se apagó. Sólo quedó la tenue luz de mi mesilla iluminando pobremente el pasillo. El hedor era insoportable, peor que el pescado podrido. Vi como la figura salía de la cocina y se situaba frente mí, a pocos metros. Iba a decir algo más, pero cuando abrí la boca una mano me agarró con fuerza por detrás del hombro. Grité como un condenado.
Y con ese grito, aunque no estoy seguro de que lo profiriese en realidad, me desperté. Eran casi las cinco de la mañana. Me llevé las manos a la cabeza y me frote la cara. Una pesadilla, eso era todo.
Di la luz de la mesilla y me incorporé levemente, hasta quedar sentado en la cama. Inspeccioné la estancia, mientras mi agitada respiración se calmaba. Las fotos que colgaban de las paredes, la cómoda de madera, las estanterías repletas de libros, la silla y el escritorio, el armario... todo eso era real y estaba allí. Había sido un sueño muy realista, demonios. Cogí el móvil e indagué un rato por las redes.
Ya tranquilizado, me levanté. Tratando de dominar el miedo, como ninguneándolo, fui a la cocina y bebí un vaso de agua. Nada ocurrió, por supuesto.
Me tumbé de nuevo en la cama y me quedé mirándome en el espejo. De nuevo recorrí los muebles y los objetos de la habitación. Me detuve al llegar a mí. Realmente estaba exhausto, tenía la cara pálida y unas no disimulables ojeras. Apagué la luz.
Me tumbé de nuevo en la cama y me quedé mirándome en el espejo. De nuevo recorrí los muebles y los objetos de la habitación. Me detuve al llegar a mí. Realmente estaba exhausto, tenía la cara pálida y unas no disimulables ojeras. Apagué la luz.
Me miré en el espejo otra vez. Vi en él la alfombra y los playeros invertidos al pie de la cama. Y subiendo un poco más, un rostro blanquecino y sonriente.
Había alguien debajo de mi cama.
Con horror y ojiplático ahogué un grito en mi garganta. Y es que ahora sin duda estaba despierto.
sábado, 31 de agosto de 2019
12:30 AM
Mientras llegábamos a su casa, en la curva de una cuesta no muy pronunciada que limita con el monte por el sureste, no pensábamos ni remotamente en ninguno de los extraños sucesos que estaban a punto de desencadenarse. Hacía una noche estupenda, a fin de cuentas. Una de las últimas noches del verano.
Entre conversaciones banales y anécdotas graciosas, llegamos a la cancela de hierro de la entrada. Juan trabajaba a la mañana siguiente, por lo que, aunque no era muy tarde, se despidió de nosotros y entró primero al patio y luego a su casa.
Seguimos subiendo la cuesta, retomando las risas y los despreocupados parloteos. Unos pocos metros después nos dimos cuenta de que yo aún tenía el móvil de Juan.
En un descuido minutos antes, uno de nosotros, no recuerdo quién, le quitó el móvil de su riñonera, y, esperando que se diese cuenta de su ausencia, me lo guardé en el bolsillo. Una de esas bromas que no son demasiado divertidas pero que aún así se llevan a cabo. Y todos nos olvidamos de ello al momento.
Así las cosas, desandamos el camino hasta su casa y llamamos al timbre. No salió nadie. Insistimos un par de veces más, esperando no despertar a sus padres, pero al parecer lo conseguimos. Su madre salió por fin, con un aire vehemente y preocupado.
-¿Qué pasa? ¿Ha pasado algo?
-No, perdona por haberte despertado. Veníamos a darle el móvil a Juan - le explicamos la broma y nuestro despiste, disculpándonos de vez en cuando.
-Supusimos que saldría él. Acaba de entrar hace nada - apuntó Alex.
-¿Quién?
-Juan, claro.
Tras tres segundos de un silencio pesado y oscuro, su madre respondió con voz queda y un gesto de horror en el rostro.
-En casa no ha entrado nadie. Estaba en el comedor, lo habría visto.
De nuevo ese incómodo silencio cayó entre nosotros, por un tiempo que no sabría determinar. Todos estábamos confundidos e inquietos.
-P... pero si le hemos visto entrar... no hace ni dos min...
-¡Eh! - me cortó Clara a viva voz. - ¡Ahí hay alguien tumbado!
Efectivamente, cruzando la calle en una era, donde casi no iluminaban las farolas del paseo, Juan yacía boca arriba. Con el corazón en un puño corrimos hasta él. Parecía estar dormido o desmayado, pero su gesto era tenso y su expresión aterrada. Bastó un leve zarandeo para despertarlo.
-Juan, ¿qué ha pasado? - preguntamos entrecortadamente. - Te vimos entrar en casa.
Le costó empezar a hablar; temblaba agitadamente y le costaba respirar. Al fin, apresuradamente, arrancó.
-Sí, entré. Pero nada más cerrar la puerta he oído algo que me ha asustado tanto que casi me vuelvo loco... O... oí a mi madre hablándome... - se quedó sin voz.
Oímos como un perro aullaba a lo lejos.
-¿Y eso qué tiene de extraño? - le preguntó Alex mientras nos miramos sin comprender. - Ella nos ha abierto y hemos estado hablando. Dice que no te vio entrar. Está aquí... - nos giramos, buscándola. Pero no la vimos detrás de nosotros y en la puerta abierta de la casa sólo había oscuridad.
Juan parecía a punto de desplomarse. El viento bajaba ahora muy frío del monte o el calor se escapaba de nuestros cuerpos muy deprisa. Cada vez se oían más y más perros aullando. Estábamos muy intranquilos, la tensión era insoportable.
Juan por fin habló. Susurró ronco, pero todos le oímos a la perfección.
-Mis padres se han ido el fin de semana. No vuelven hasta mañana por la noche. En casa no hay nadie.
En ese preciso instante, a las doce y media, cuando el viento cesó y los perros callaron al unísono, una fuerza indescriptiblemente densa y terrible, golpeó nuestra cordura. Como posesos, corrimos monte arriba mientras veíamos como la cancela de hierro de la entrada se cerraba sola de un violento portazo.
jueves, 15 de agosto de 2019
Antes de las elecciones
Bebo rayos de luz que manan
de las persianas echadas.
Cierro los ojos para poder
verme a mí mismo por dentro.
Huelo el olor de la comida
que nunca pensé cocinar.
Toco el aire con la siniestra
y con la diestra no me hablo.
Pienso en el color
de las fotos grises y sepia.
Siento un dolor en la cima
de la democracia española.
Gano más premios
que patadas recibo.
Oigo más ruido en derredor
que al pobre Shostakovich.
No sé lo que estoy escribiendo.
lunes, 18 de diciembre de 2017
Improvisación nº1 - Nana de la tarde
En esta ocasión tenemos una pequeña pieza de piano improvisada e interpretada por mí.
Con un enfoque quizá más hacia la música de Debussy o Satie que a los estilos más propios de otras de mis composiciones, consciente o inconscientemente, la música mece la mente a un ritmo calmado y reconfortante en una tarde en la que, tal vez, necesitamos un respiro. Pero ese es, claro, mi enfoque.
Si quieres ofrecer lo que la música te transmite o dejar tu opinión, tienes debajo la caja de comentarios.
Un saludo y hasta la próxima.
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